viernes, 5 de enero de 2018

Perfil





                                                                             Ivana Rajic







Íbamos a algún lado, pero no recuerdo a dónde. Como siempre, caminabas a mi lado; habíamos salido con el grupo de montaña, me llevabas la bolsa, una preciosa cesta que me habían regalado para estas cosas, en los tiempos en que las mochilas aún no se usaban.  En el primer alto te sentaste en el suelo junto a mí, que me había alejado algo de los demás. Siempre me ha gustado contemplar el mundo desde mi propia atalaya, un poco a solas, para poder pensar, respirar y ver de verdad. Fue el día que me diste tu primer regalo. Una cajita pequeña que no pesaba y no metía ruido, aunque la movieses. Te miré extrañada. En realidad, por aquel entonces, yo solo veía al amigo, el compañero de salidas, el amante de los perros, siempre alegre y contando chistes. 'Ábrelo en casa', me dijiste y aunque me podía la curiosidad, es lo que hice.

No sé si te acuerdas. En la caja había un papel con un dibujo, diría que era más bien pequeño, pero claramente era yo. Mi cabeza, mi pelo inconfundible, mi perfil. Todo ello dibujado a tinta china. Y te imaginé estudiando en casa, o eso creerían tus padres, preparando láminas para algún trabajo en la Escuela de Minas y con la cabeza en otro sitio. Hubo más dibujos, pero este del que te hablo fue la llave que abrió la puerta.





lunes, 1 de enero de 2018

Carpe diem













Que iba a ser un problema lo sabía de sobra, pero no le importaba. ¿Por qué no podía él tener lo que tenían otros?  La deseaba y además con urgencia. Iba por la Avenida cuando la vio y pensó: va a ser mía.
Las cosas en casa se pusieron feas; Carmen lo supo y llevaba una semana sin hablarle, estaba muy enfadada porque su cuenta del banco estaba casi a cero. Cansada de sus locuras, esta no era la primera, murmuraba: ¡Estoy harta, estoy harta!.
El plasma ocupaba el lugar preferente en el salón. Carmen estaba radiante viendo en él su serie favorita y había olvidado su enfado. El pensó que merecía la pena haberse gastado la extra para comprarlo, al ver los partidos y al verla a ella tan feliz.


domingo, 31 de diciembre de 2017

A sueldo














 
Se puso los guantes despacio, sacó el revólver de la guantera, miró si estaba cargado, luego lo amartilló; buscó el silenciador, lo enroscó en el cañón y con cuidado, lo depositó sobre el asiento del copiloto y lo cubrió con su sombrero. Hecho esto, pisó suavemente el acelerador. Dio una vuelta a la manzana observando cada detalle: los portales, la salida de emergencia del hotel y la del servicio de cocinas.  Solo se abrirían desde el interior, pensó y las cámaras de vigilancia. Por allí estaban los contenedores de basura y una furgoneta de transportes con el conductor fumando un cigarrillo, dentro. Pasó de largo, salió a la avenida, aparcó el coche detrás de una pequeña camioneta, que lo ocultaba parcialmente y se dedicó a observar, sobre todo la puerta principal del edificio.

Michel se miró detenidamente al espejo, pasó de nuevo la maquinilla por su cara y sonrió a lo que veía. Esta vez saldría bien. Habían estudiado cuidadosamente los pros y los contras del negocio y todo estaba bajo control. Sonó el móvil, dejó que saltara el contestador y escuchó la voz de su socio que le emplazaba a que no llegara tarde. Había despedido ya a la mujer con la que había pasado la noche, estaría dispuesto en cinco minutos. Le dolía la cabeza. Se le pasaría en cuanto tomara un café y esa milagrosa píldora que lo ponía rápidamente en marcha.  
— Les han denegado el crédito —le informó Germán, su socio— el banco no va a financiarles y no podrán aguantar mucho tiempo. Ahora es el momento, tenemos que hacer las cosas como hemos planeado. Tú les explicas cómo está todo y yo les ofreceré comprarles la empresa por un precio razonable. El hijo está ya de acuerdo (es un insensato lleno de deudas) el padre puede resultar más difícil.
— No te preocupes. Lo tengo todo bajo control.

—Señor Silva, los señores Michel Rimbaud y German Platíc de MG Rimbotic —anunció la secretaria, abriendo la puerta y cediéndoles el paso— ¿Desean alguna cosa, un café, un te...?

René miró sus ojos fríos reflejados en el espejo retrovisor, consultó su reloj y se puso en marcha. Condujo por la 47 y aparcó lo más cerca que pudo de la entrada del edificio de la Corporación Cinectrom. Esperaba que nadie se hubiera fijado en él; la gente caminaba deprisa sin preocuparse con quién se cruzaba. Dos hombres corpulentos vigilaban cada una de las entradas. Calculó si podría salir sin llamar la atención y si el coche estaba en la dirección adecuada. Luego se sentó detrás del ventanal de la degustación y pidió un café negro. Una vez más sintió en sus manos ese hormigueo inquietante que no podía controlar. Tal como habían acordado, sonó el pitido en su teléfono. No había habido acuerdo. Se levantó tranquilamente, cruzó la calle, se mezclo entre los que entraban, procurando que los vigilantes no se fijaran en él y se detuvo esperando a que el ascensor bajara. Cuando las puertas se abrieron dudó tan solo un segundo: el alto era él. Sacó la pistola, apuntó y sin dudar disparó. Fue un instante. Dio la vuelta y salió caminando despacio, tal como había entrado, al fondo sonaban las voces pidiendo ayuda. Procuró que las cámaras de seguridad no pudieran ver su rostro.
El asesinato de Rafael Silva, aún sin resolver, fue la noticia de la quincena en la prensa, lo mismo que la venta de su empresa Cinectrom a la compañía MG Rimbotic. Al parecer Evaristo Silva había llegado a un acuerdo rápido al morir su padre.
Una semana después de la firma de la venta, René Patou confirmo que ya habían ingresado en su cuenta en Panamá, la sustanciosa suma que habían acordado por sus servicios. 


miércoles, 20 de diciembre de 2017

Hijos del desamparo











Había soportado el largo viaje, la soledad, la prepotencia de los hombres que compraban su cuerpo; pero aquella noche, los árboles perdían sus hojas lentamente. Llegaba el invierno. Pensó en la habitación helada donde vivía, en las horas de espera a la intemperie... Se estremeció y deseó que alguien la quisiera y la abrazara de verdad.

Entonces, otro hombre compró el derecho a tener su cuerpo y con él aumentó su desamparo.  


viernes, 24 de noviembre de 2017

Armas de mujer











Llevaba tres meses ensayando aquella danza, estaba ya harta de dar vueltas por el salón y rabiosa porque la esclava que le enseñaba tenía más gracia que ella. Era preciso que aquello saliera bien si quería conservar su trono.
Cuando el Cesar la vio aparecer entre los pliegues de la alfombra, menuda, ligera, apenas vestida de tules, no pudo apartar la vista de ella. Cuando bailó la danza que tanto le había costado aprender, se rindió seducido y ella supo que seguiría siendo la reina de Egipto...

- Liliput Tema: Salón de baile



 

jueves, 16 de noviembre de 2017

Reality










(En el Tintero Tema: Acoso)






Sin atreverse siquiera a mirarla a los ojos, le dijo que se iba. Sin palabras grandilocuentes y sin que le temblara la voz. Había tristeza en los ojos de ella, pero no la sorpresa que esperaba encontrar en ellos. Asintió con la cabeza y como un cervatillo herido, salió corriendo.

Se sintió liberado, imaginaba mundos nuevos, las aventuras que siempre soñó, ese revolcón de todos los sentidos, despiertos de pronto a la vida. El temblor de las piernas al contacto, el dolor del deseo desatado. Ya no era el joven que todo lo ignoró en su momento, ahora era un hombre abierto en canal deseando probarlo todo. Le dijeron que aquello era una locura. Pero necesitaba salir huyendo en pos de algo inseguro y por eso mismo tan excitante.

Su libertad duró poco, le bastó conocer a Silvia y enamorarse de ella y ver que, a pesar de la diferencia de edad, ella le correspondía. Pero lo que para él fue definitivo, para ella significó apenas nada. Lo supo cuando la sorprendió la primera vez mirándole con ojos inquisitivos, cuando retiraba su mano de su muslo y suspiraba más aburrida que triste. Cuando se iba sin explicarse, a tomar unas copas con sus amigos y le pedía que se quedara, prometiendo que volvería pronto y regresando de madrugada.

Llamó a su ex. No sintió vergüenza de volver a ella para contarle sus penas y hablarle de su desesperación. No le importo decirle que amaba locamente a otra mujer y no podría vivir sin ella. Le explicó con todo lujo de detalles lo que le hacía sentir, la sensación de la juventud perdida, la excitación del deseo, la intranquilidad de la espera. No dejó nada sin confesar, sin importarle si la hacía daño. Ella le miraba, quieta y sin decir nada, no estaba seguro de si lo que veía en sus ojos era pena o rabia, pero no podía parar. No se estaba confesando a ella, sino que se contaba a sí mismo toda la vergüenza de su desesperación. Cuando consideró que ya era suficiente, ella se levantó de la silla y acercando la boca a su oído le dijo: ¡No vuelvas a llamarme nunca! No había enfado en su voz, ni pena, solo era una orden, como la de una madre cuando te dice que debes hacerte la cama antes de ir al colegio. Luego salió con la espalda recta, la cabeza erguida, digna y serena. El, atento solo a sus pesares, no sintió ningún sonrojo por lo que acababa de hacerle.

Permanecía horas, días enteros, frente a los lugares por donde Silvia pasaba, la barba descuidada, la ropa desaliñada y el color de piel cetrino; esperaba y esperaba solo para verla aparecer, si iba sola se acercaba a suplicarle, se arrastraba sin pudor, rogándole que volviera con él, prometiéndole cosas que no podría darle jamás. Cuando iba acompañada la veía marchar, quieto y estirado como uno de los postes de luz de la acera, mimetizado con ellos, creyendo que nadie podía verle allí parado durante horas.  Fantasma de sí mismo. La ira trepaba desde su vientre hasta su cabeza, nublando sus pensamientos. La odiaba a ella y a aquel hombre que conseguía lo que a él se le negaba. Comenzó a seguirla, quería saber si pasaban juntos toda la noche. Rumiaba obsesionado la idea de que aquel hombre le estaba robando algo suyo, que era el responsable de que ella ya no lo admitiera. 

Despertó de aquel mal sueño la noche que lo detuvieron. En aquella comisaría se vio ridículo, desencajado, perdido. Tuvo muchas horas para pensar, se hizo algunas preguntas y se asusto de las respuestas que se dio a sí mismo. Cuando le dejaron marchar, pusieron en su mano el impreso con la orden de alejamiento y le advirtieron de las consecuencias de no acatarla.