viernes, 2 de diciembre de 2016

Ambrosía


Netwriters Tema: Travesuras






Santi y yo teníamos once años y muchas ganas de divertirnos. Era verano y el mundo nos pertenecía. Subidos entre las ramas de la higuera bebíamos al alimón de aquella botella cuyo líquido blanco sabía tan rico, nuestra alegría iba en aumento, no podíamos parar de reír y de parlotear, era tal el alboroto que mi madre salió al jardín a ver qué pasaba.
Estuve tres días enfermo, devolviendo y aún se me revuelve el estómago cuando veo una botella de anís.



jueves, 10 de noviembre de 2016

El viaje


(Netwriters - Tintero Tema: El manantial)





Nació allí, donde la vista tropieza con las montañas y los cielos azules de primavera, entre árboles frondosos que dan sombra a la tierra y contemplan los jugosos prados. Vivió allí hasta que el mundo se hizo pequeño y no era suficiente para llenar su corazón viajero. Se dejó llevar por la corriente, descendió temeroso hacia lo desconocido y por fin llegó a las llanuras, atravesó pueblos y vio gentes reflejándose en su espejo.

En su primera parada comenzó a entender el mundo y a temer. En aquellas tierras los árboles perdían sus hojas que morían y volvían a reverdecer con las estaciones. Durante un tiempo permaneció en remanso, como esperando algo que no acababa de llegar. Por fin se deshizo la nieve caída en el invierno,llegó entonces la Primavera y por más que quiso sujetarse a la tierra, las aguas turbulentas lo empujaron y entre burbujas y restos de todas clases emprendió de nuevo su camino hasta que llegó a un lugar completamente desconocido para él.

Miró su entorno y sintió miedo. El mundo se había vuelto gris, había montañas de ladrillo que tapaban el sol, las sombras se extendían sobre calles y casas y la gente caminaba deprisa, sin sonreír, ausente. El era límpido, transparente y sencillo pero aquellas aguas turbulentas lo habían transformado en algo turbio, de color incierto, de ritmo pesado. Volvió a sentir miedo, seguramente nunca volvería a ser el mismo. Una mañana, siguiendo perezosamente, su viaje, se perdió en la oscuridad de un túnel. Encerrado en él se sintió indefenso, claustrofóbico. Era un tubo estrecho, negro por el que apenas cabía. Sentía el empuje tras él y aquella sensación de prisa por llegar a alguna parte y siguió avanzando en la oscuridad.

A final de aquella tubería apareció un trozo de cielo azul en la boca redonda iluminada por la luz, al ver que era el sol apresuró el paso. En el exterior vio algo que no había visto nunca: una inmensa masa de agua que parecía no acabar nunca, que se perdía en el horizonte balanceándose serenamente. Apenas pudo admirarse de aquella belleza cuando sintió un delicioso vértigo y cayó en cascada. Todo su vigor, la frescura de su juventud  fueron a fusionarse con aquel líquido de sabor salado. Se agitó mareado, cada una de sus gotas buscó un lugar al que pertenecer. Entonces supo que aquel era el final de su viaje y que había cumplido su destino.





Remendón



Netwriters - Liliput Tema: Lotería




La bombilla sucia de caca de mosca iluminaba la garita. Siguiendo la marca de tiza, Manolo recortaba el cuero para hacer unas suelas nuevas. Ninguno de sus sueños se había cumplido, solo tenía aquel pequeño negocio que le daba para comer. El deseo de volver al pueblo cada vez era más grande porque, aunque la gente era amable, se sentía solo

En la radio daban las noticias, así se enteró que le había tocado la lotería. Repasó los números, no había error. Le temblaba la mano al pasarla por su frente, miró a través de la ventanilla y el portal, hacia la calle: llovía. No sabía qué debía hacer así que, a pesar del vértigo que sentía, siguió trabajando.

jueves, 27 de octubre de 2016

Alma de circo





(LILIPUT QUINCENA LXI-CLOWNS Y AUGUSTOS - 2ª posición)












Camisa de manga corta, pantalones hasta los tobillos, sombrero en mano saludando al público y una gran sonrisa en la boca.
— ¿Es él, papi? —pregunta el niño mirando la estatua
— Sí, es el abuelo, cariño
— ¿Por qué lleva esa ropa y esos zapatones? Está muy gracioso.
— El abuelo y su hermano trabajaban en el circo, se hicieron famosos. Ya te lo he contado. Era ese payaso tonto y desgarbado y mi tío, el clown de cara blanca. Salían a escena y todos se reían. En casa te enseñaré muchas fotografías.


Esa noche el niño se mira al espejo, la pernera del pijama remangada, la cara pintada de blanco y negro, labios rojos y una ciruela también roja en la nariz. El también va a ser payaso.





sábado, 15 de octubre de 2016

99 años




Ferdinand Hodler






La luz blanquecina le hace cerrar los ojos. Hay una mancha en el techo. ¿A dónde la han traído y por qué? A lo mejor, sin decirle nada, la han llevado a una Residencia. Ya lo decía siempre: En cuanto dé guerra me llevaréis a una. No, está en una clínica recuperándose de algo que le ha pasado. Dicen que en cuanto se recupere volverá a casa.

Allí todo el mundo es muy amable, la atienden con cariño, pero se siente perdida, no recuerda las cosas y tiene mucho miedo. A las nueve, como todos los días, la cara sonriente de su hija (a ella si la recuerda) asoma por la puerta y el mundo se recompone de pronto.


jueves, 6 de octubre de 2016

Pigmalión


Netwriters - Placeres y Perversiones (grupo de literatura erótica)


Imagen de Ruben de Luis






Desperecé mi cuerpo y miré a David que se había puesto el pantalón y descalzo, con el pecho al aire, preparaba te en la cocina. Mis ojos no se separaban de sus manos; aquellas manos, pensé, conocían ya mi cuerpo, no una parte de él sino todos los rincones ocultos y los visibles. Recordé lo que acababa de suceder sobre aquel sofá y un escalofrío volvió a recorrer mi columna vertebral.

¿Hasta entonces, qué sabía yo de aquello? Solo lo que se habla, lo que se ve fugazmente; imposible imaginar lo que se siente. La primera vez fue una locura, sucedió en su casa, por un momento pensé que me equivocaba, luego me di cuenta de que no. Durante toda la noche me miraba de manera que me hacía sentir incómoda y a la vez excitada. Me tocó sentarme a su lado en la cena. Entonces olí por primera vez el aroma que me haría olvidar todo en lo sucesivo. Tocó mi mano varias veces como por casualidad. Sus miradas insistentes hacían que mi corazón se agitara sofocado. Cuando sentí la suya acariciando mi muslo, bajo el mantel, olvidé que aquello no era conveniente, cuando dirigió la mía hacia su bragueta y noté la dureza oculta en ella, la retiré como si me hubiera quemado. Cuando los invitados pasaron al salón, me susurró con autoridad:

—Ve a mi despacho, ahora

Solo lo pensé un segundo, me levanté y dije que iba al baño. Mi cuerpo temblaba, sabía que algo iba a pasar, algo secreto que requería discreción. Se sentó en el sillón de gran respaldo que presidía su mesa, me dijo que me acercara, metió sus manos bajo mi falda y me quitó las bragas, luego giró la silla de espaldas a la puerta y levantándome como una pluma abrió mis piernas y me sentó sobre las suyas. Noté de nuevo el bulto en su bragueta, me ordenó que la abriera y sacara su pene y sin más miramientos se introdujo en mí. Cuando iba a dar un grito tapó mi boca con su mano; me dolía, aquella era mi primera vez. Tomándome de las caderas me hizo subir y bajar hasta que dio un ligero aullido y se derramó dentro de mí.

Lo repetimos más veces, casi todas en lugares que resultaban peligrosos, sin importarnos que mis padres o su esposa estuvieran cerca, en calles malolientes donde podría pasarnos cualquier cosa, en rincones ocultos. Asustada cuando me amenazaba con que me entregaría al primero que pasara si no hacía lo que me pedía. Obedecía porque no podía decirle que no, el deseo era más fuerte que el miedo y este era el mejor estimulante para nuestra pasión. La sensación de peligro le excitaba mucho y verle así a mí me volvía loca.

Aquella tarde lo habíamos hecho una vez más en su casa, en el sofá de su salón, aprovechando que estábamos solos. Tomamos el té bien cargado, mirándonos a los ojos, pero yo, para entonces, sentía ya auténtico miedo. Se suponía que él era el adulto y debía saber lo que estaba bien y lo que no, yo estaba segura de que aquello no lo estaba y debía terminarse. Pero no fue solo eso. Se volvió extraño, me asustaba, me besaba de una manera que me parecía insana, cada día más profundamente, exigiéndome una respuesta acorde con su ansia incontrolada. Su lengua apretaba el inicio de la mía hasta que me sentía morir, me ahogaba. Le supliqué que parara con aquello, que tenía miedo y ya no me gustaba, pero él continuaba con su frenesí, perdido el control.

—Tenemos que dejar esto, David, creo que las cosas han ido demasiado lejos.

— ¿Qué dices, chiquilla, ahora que has aprendido y eres tal y como yo te deseo?

—Vístete—le dije, haciendo yo lo propio. Estaba decidida y no iba a ceder, lo había meditado mucho y aquello ya no tenía gracia.

Puse las cosas en orden en el sofá mientras se ponía la ropa. Nos miramos, en sus ojos había reproche y rencor. Una vez todo en orden, nos sentamos frente a frente, un hombre maduro y una joven tomando un té amigablemente. Eso éramos y nunca debimos ser otra cosa. Así nos encontró mi tía Maruja cuando llegó a casa.

— Hola, querida, no sabía que estabas aquí.

Me dio un beso, luego otro a su marido y se sirvió una taza de té.

— He tenido un día horrible —dijo con voz cansada






lunes, 19 de septiembre de 2016

Un Iglú en la ciudad









Ramón Enciso miraba su nueva furgoneta parado ante su taller. Estaba emocionado porque llevaba tiempo esperando poder cambiar su vieja Ford Transit por aquella maravilla. Puso la Transit en la calle para dejar sitio a la nueva adquisición en la lonja donde trabajaba. Y así fue como durante muchos días dejó de mirar a una y se dedicó a recordar.

Tenía cariño a aquella vieja gloria, había sido su mejor ayudante durante unos años, ahora tendría que deshacerse de ella porque, por muchos arreglos que se le hiciera, no servía para gran cosa. Llamó al desguace. Tendría que llevarla él, puesto que aún se movía, si no, vendrían a buscarla en cuanto pudieran.

Esteban Rubiales había tenido mala suerte, un poco porque la vida lo había empujado y otro poco porque él no había sabido frenarla. Por una razón u otra había acabado en la calle y solo. Nunca se había casado, el no quería estropear la vida de una mujer y mucho menos de unos niños que fueran sus hijos. La calle era una puta muy traidora, te va desgastando poco a poco y sin darte cuenta. Primero crees que será temporal pero, a medida que pasa el tiempo estás atrapado en un bucle sin salida. Esteban Rubiales dormía y casi vivía bajo la cornisa a la entrada de un edificio medio en ruinas que fue escuela en su tiempo y ahora esperaba ser derribado cuando pasara la crisis. Algunos días no podía con su vida, la desesperación se apropiaba de su espíritu y no le dejaba moverse, entonces se quedaba allí quieto mirando al frente, sin apenas poder pensar. Así fue como se fijó en el pequeño Taller en la acera de enfrente y también conoció a Ramón Enciso. Solo se miraban uno a otro, el primero pensaba que suerte la de aquel hombre que tenía un lugar donde ganarse la vida y donde vivir. El segundo se preguntaba qué le habría sucedido a aquel tipo para verse así.

Cuando llegó lo más crudo del invierno Ramón Enciso cruzó la acera y ofreció a Esteban Rubiales su furgoneta vieja. Total a él no le servía para nada parada allí en la calle, no podía moverse y aquel hombre, pensó, podría descansar a cubierto. No lo hizo por caridad, solo pensó en evitarse la visión de aquella persona durmiendo en el suelo a la intemperie; tal visión le producía mucho desasosiego.
Esteban Rubiales se quedó con la furgoneta, recogió un colchón viejo en un contenedor, un banquito y una mesita. Buscó lo que fue necesitando, también hubo quien le proporcionó otras cosas y se hizo una pequeña habitación. Tuvo mucho cuidado de no llamar demasiado la atención, de no ensuciar y no dar que hablar. Los vecinos decían que preferían verlo allí que en medio de la calle, como sucedía antes. Pasado un tiempo Rubiales había recobrado un poco el buen aspecto, parecía otro hombre y así fue como encontró un trabajo barriendo un bar a la noche. Quizá, pensaba, esta vez podría salir adelante.

Al cabo de un año y medio Esteban Rubiales dejó la furgoneta a otro hombre que vivía en la calle como antes él, consiguió ganar suficiente para alquilar un cuarto en un piso compartido.
En la otra punta de la ciudad alguien comentó esta experiencia y le dio la idea a Felipe Sanchís de dejar su vieja camioneta aparcada en la zona industrial donde trabajaba para que alguien la ocupara y no viviera a la intemperie. Sin saber cómo, la idea se extendió como la pólvora y hubo otras más. Todos llegaron a la conclusión de que, si era inevitable que hubiera gente viviendo en la calle, siempre estarían mejor a cubierto, aunque fuera de aquella manera. Había demasiadas personas tiradas en el suelo soportando las inclemencias del tiempo sin que a nadie pareciera importarle.




viernes, 19 de agosto de 2016

La vida de Santi






De la web '20minutos'






Siete de la mañana, el café, el zumo y la mochila, todo casi al mismo tiempo. 

Santi consultó el reloj, el autobús se retrasaba y detrás de él se había formado una gran cola. Aún llegaría a tiempo y se ahorraría escuchar las palabras ácidas de su jefe, ese hombre amargado que pagaba con él todas sus frustraciones. Cedió el paso a la mujer que le seguía en la fila y detrás de ella desfilaron todos los demás empujándose unos a otros. Subió al bus el último y no encontró dónde sentarse.

El viaje duraba media hora, así que durante ese tiempo podría pensar. Qué había pasado para que Lucía le dejara plantado de buenas a primeras. Necesitaba tiempo, le había dicho, no estaba segura de querer casarse todavía, sabía que se había portado muy bien con ella, porque vivir en su casa había sido una suerte, también el dinero que le había dado varias veces, pero casarse eran palabras mayores y tenía que pensarlo y para hacerlo se iba a vivir con una amiga. El era un hombre razonable que huía de las situaciones incómodas y que estaba enamorado, así que le dijo que la entendía y que volviera pronto. Pero no iba a regresar, alguien le comentó que no había tal amiga, que vivía con un amigo y que parecían pareja. Le había engañado, le había tomado el pelo con descaro.

 A las ocho menos cinco Santi estaba sentado ante la mesa de su pequeño despacho, revisando papeles y poniendo en orden lo que quedó pendiente el día anterior. A las nueve y media llegó Álvarez, su jefe, como siempre enfadado. Era la viva imagen de la prisa, del hay mucho que hacer, del no llegamos a tiempo. Santi ya sabía lo que significaba aquello, él pagaría la falta de organización de aquel hombre, le tocaría trabajar el doble y poner la cara cuando algo saliera mal y desde arriba uno de los jefazos pidiera cuentas. Sus compañeros le gastaban bromas, se reían de él: eres un mandado, no tienes valor para enviar al infierno a este insoportable. Decían que lo hacían de buena onda pero él estaba ya muy cansado.

Para volver a casa tomó el autobús de las siete y media, tampoco pudo sentarse porque iba lleno por completo; se apretaban unos contra otros y apenas podían mantener el equilibrio. Santi volvía a pensar en Lucía; a pesar del tiempo transcurrido la seguía echando en falta. Recordaba los días en que volver a casa era agradable porque ella estaba allí, aunque se le olvidaba que eso no era cierto casi nunca.  Era duro asumir que nadie le tomaba en serio. En ese momento el bus dio un frenazo y todos se fueron adelante cayendo unos sobre otros. Apenas fue un segundo, por suerte solo había sido un susto. Unos minutos después, la mujer que estaba delante de él, la que con cada curva se recostaba en su pecho para no caer, comenzó a gritar. « ¡Asqueroso, déjame en paz, quita esa mano de ahí, no creas que no me doy cuenta, ya está bien, creía que era accidental, te pegas a mi culo! Pero que me lo toques no lo aguanto! »

Santi no entendía nada, miró detrás de él por si hablaba con otro, pero no, se dirigía a él y estaba tan enfadada que gritaba y todos los pasajeros le miraban. Sintió el calor en la cara, las piernas le temblaban, quería licuarse, desaparecer. Todos le gritaban. Uno se reía gesticulando con cada carcajada. Se miraron fijamente, seguro que había sido él el responsable.

Le ingresaron en el hospital y le dieron un sedante, aún se preguntaba qué le había pasado, cómo había podido armar semejante escándalo, porque la había emprendido a manotazos con todo el que tenía delante como si le hubiera dado un ataque de locura, comenzando por aquella mujer que le culpaba de algo que no había hecho.

Cuando al cabo de unas horas regresó a casa, sentado en su rincón preferido repasó despacio todo lo que le había pasado aquel día. No había sido muy diferente a lo que solía sucederle casi siempre. Estuvo allí quieto, pensando mucho tiempo, luego se dijo que estaba cansado y que en adelante no iba a dejar que nadie, nunca más, le tomara por el pito de un sereno.









Pañuelos al viento



Tema: Gaviotas



Imagen de Animalia





En el acantilado los cormoranes miraban el horizonte, parecían estatuas y de pronto se sumergían en el agua y desaparecían para emerger lejos. En la bahía la mar se movía al ritmo de los remos de las traineras… ¡up, up! Había que llegar primeros a la ciaboga.

En el cielo azul ondeaban pañuelos blancos, sobrevolaban las olas persiguiendo al pesquero que enfilaba la bocana del puerto con su botín; hermosas alas blancas, picos afilados que se abalanzaban sobre cubierta para robar una presa. En el muelle el viejo pescador contemplaba el espectáculo, escuchaba la llamada larga de las gaviotas, olía el aroma del mar sintiendo que pronto regresaría al principio, a lo que fue cuando se inició el universo.




viernes, 5 de agosto de 2016

La huida







De la Red




Netwriters Tema: Intemperie





La bruma descendía sobre los pastizales, Evaristo, cubierto con una vieja manta, contaba las vacas y veía el sol del amanecer. A poco de cumplir diez años su padre le subió al monte, le explicó lo que debía hacer y se fue.

Durante muchos meses el miedo fue su compañero, cualquier ruido fuera de su refugio le aterrorizaba. Con el tiempo se había hecho fuerte con el frío del invierno y el calor del estío, con la soledad que atenazaba su corazón. Recontaba los animales una y otra vez, si faltara alguno su padre sacaría el cinturón cuando subiera a traerle víveres.

Aquella mañana miró el rebaño, luego hacia el valle, puso cuatro cosas en su zurrón y se fue. Le daba lo mismo lo que dijera su padre. Jamás volvería.