domingo, 19 de febrero de 2017

Ella que sabía bailar bajo la lluvi









La tetera ardía y ella se quemó los dedos al servirse el té; se los metió en la boca para calmar el dolor mientras pasaba las páginas del álbum de fotografías.
Aquella joven delgada, de huesos frágiles y grandes ojos, vestida con un tutú y zapatillas de puntas, era su madre.
Tomó de nuevo el periódico y volvió a leer el artículo: ”Hoy se cumplen diez años de la muerte de Galina Sajárova, primera bailarina del Ballet Nacional, que murió durante su gira por España representando ‘El cascanueces,’ al caer un árbol sobre su coche debido a un fuerte temporal”






martes, 7 de febrero de 2017

Caer en la tentación













Nunca voy de rebajas, rara vez lo hago. Ayer estuve en el notario, tiene su oficina justo enfrente de unos grandes almacenes y estamos en enero. Al terminar dudé si tomarme un café o ir a ver qué pasaba en la tienda de enfrente. Fueron mis pies, no mi cabeza los que me llevaron allí. ¡Qué horror! cuanta gente.

Me he comprado unas zapatillas para casa, una camiseta de deporte y un jersey de lana. Las zapatillas son las dos del mismo pie, la camiseta me está pequeña y el jersey tiene un descosido.
No sé qué hacer; creo que me saldrá más barato no ir a devolverlos.








La meta










El colchón de lana olía a sudor. Por la contraventana entraba la luz parpadeante de la farola y el aroma a salitre. Simón contaba cada encendido y apagado; en el techo había una mancha. Acababa de llegar. Se cambiaría de pensión, en esta podía oír a las chinches moviéndose en el silencio de la noche.

Días después volvía del puerto con la promesa de un trabajo. Martín, su patrón, era un hombre de piel curtida y manos ásperas, que le había asegurado que ya aprendería el oficio cuando le confesó que nunca había salido a la mar. No tenía donde elegir, se le acababa el dinero que le dio la madre a escondidas, cuando salió de casa, así que aceptó. Mirando las embarcaciones pensó en el padre, de espaldas a la puerta, delante del fuego indiferente, no le dijo adiós, él tampoco, porque ambos eran orgullosos. Habían discutido y esta vez, Simón, sin pensarlo demasiado, aseguró que ya tenía dieciocho años y se iba; el padre había estado de acuerdo con su decisión. Se iba a enterar de lo que él era capaz de hacer.

Pasado un mes la cara de Simón estaba curtida por el sol. Se había convertido en un buen ayudante, que lo mismo cocinaba el rancho, que arreglaba los aparejos o ayudaba al patrón en la pesca. El aire libre, el esfuerzo y el tiempo le habían transformado, tenía el cuerpo fuerte y se llevaba bien con los otros marineros del pueblo. Bajaba a la taberna al volver de la mar y bebía y charlaba con otros marineros. Aprendió con Mara lo que tenía que aprender y desde entonces de vez en cuando se acercaba al burdel y contrataba a alguna de aquellas mujeres complacientes.

Trabajaba mucho y ahorraba todo lo que podía. En el puerto el viejo pesquero de Ferñao El Portugués, se moría poco a poco ya que él hacía tiempo que había vuelto a su país.  Era un barquito de eslora inferior a quince metros, de madera, destartalado, roñoso y escasamente equipado, la borda desconchada y los cristales de la cabina destrozados. Cuando reunió lo suficiente para pagar una señal, habló con el portugués y acordaron el precio y el adelanto. Iba a necesitar cinco años para terminar de pagarlo. Cuando estuvo todo firmado se sentó en un noray del puerto y lo miró satisfecho. Lo siguiente fue contratar a Venancio, un muchacho solitario del que nadie se preocupaba. Tres meses después el barquito relucía, recién pintado y con todos los aparejos dispuestos para salir a la mar. Fueron tiempos duros.

Hubo muchas tormentas en las que el agua anegaba la cubierta haciendo desaparecer la embarcación como si se la hubieran tragado las olas. Una fue tan horrible que Simón creyó que acabaría con él, iban a irse a pique y si moría nadie le iba a llorar y entonces, de qué serviría tanto trabajo y empeño.
Se dedicó a pensar, luego hizo cuentas y decidió que podría casarse. Conocía a Marieta desde el día que llegó al pueblo, era la hija del dueño de la taberna del puerto, simpática y trabajadora, tampoco era fea. Tenía las manos ásperas y la mirada mansa, habían tonteado en algún momento, incluso una noche se habían acostado. Sabía que no estaba enamorado pero le pidió matrimonio y ella aceptó.
Enfrascado en esta lucha no pensaba demasiado en sus padres. Su vida en la mar era dura y en su casa simple y rutinaria. Una noche que estaba cansado y deprimido volvió al burdel y conoció a Irina.  Se enamoró de ella. Comenzó entonces a vivir una mentira. Pensaba en Marieta, pero deseaba a la polaca y aprovechaba cualquier momento para verla. La vida de Irina había sido dura, por eso se aprovechó de la locura de aquel hombre.

Cuando Marieta tuvo su primer hijo, Simón pensó llevarlo a que lo conocieran sus padres y de paso demostraría al viejo que había sabido ganarse la vida.

Todo el orgullo por su éxito se convirtió en humo cuando supo que el padre había muerto aquel invierno. Siempre pensó que habías fracasado, le dijo la madre, y que por eso no volvías.

Regresó amargado, todo en su vida había tenido un solo propósito y se sentía fracasado. En su tiempo libre merodeaba por el puerto espiando a Irina mientras trabajaba, loco por los celos y desesperado porque su insistencia había conseguido cansarla. Perdió la noción de las cosas, hizo muchas locuras hasta que Marieta, cansada, se fue con el niño y se hundió definitivamente.

 En el puerto se acostumbraron a verlo salir de la taberna dando tumbos. Le llamaban Simón Tormenta; a veces alguien contaba su historia a algún recién llegado si se interesaba por él.





domingo, 22 de enero de 2017

Los dos deseos de Mor









Le gustaban aquellas sábanas, eran agradables y blancas, podía admirar en ellas el contraste de la piel oscura de Mor cuando se metía en su cama.
El pequeño piso en que vivían se encontraba en un barrio popular, lleno de gente de color y muchos parados en la calle. Conoció a Mor en su trabajo en el Centro Social. Contra todos los prejuicios se habían enamorado perdidamente. Le decían que estaba loca, pero le daba igual.

Mor tenía dos deseos en su vida, uno era tener a María, el otro trabajar.

— ¿Tienes papeles?
— Aún no, los estoy esperando
— Vuelve cuando los tengas…





El kiosko de la Pajarera











Para todos era La Pajarera, sonreía porque le gustaba el apodo, iba bien con ella.

En el Parque Principal de Jalaque, en medio de setos y parterres, al pie de caminos asfaltados por donde paseaba mucha gente, estaba el kiosko de Matilde La Pajarera.  Era una de esas casetas verdes con un tejadillo de plástico rojo imitando tejas. Se sentía afortunada porque tenía espacio suficiente para un pequeño aparato que lo mismo enfriaba que calentaba y una silla para poder sentarse. Y sobre todo podía ganarse la vida con soltura. Tenía unos cuantos años, llevaba toda la vida encerrada en aquel estrecho habitáculo y últimamente abría por la mañana hasta las tres y a la tarde cerraba, porque no se encontraba muy bien.

Hablaba poco y nunca de sus problemas, después de todo a sus clientes no les faltaban los suyos y a ella no le gustaba resultar pesada,  lo mejor era no quejarse.  Las ventas de periódicos habían bajado mucho desde que todo el mundo leía las noticias al momento en el móvil o en el ordenador, otro tanto sucedía con las revistas y otras pequeñas cosas que siempre se habían vendido muy bien. A La Pajarera, a estas alturas, pocas cosas la preocupaban. Su madre había muerto, no tenía hijos porque nunca se había casado, tenía su piso y algunos ahorros para la vejez. No necesitaba más. Bueno, sí tenía algo que la interesaba mucho: sus pájaros.

Un día Matilde tiró al paseo las migas de un bollo que alguien le había traído, de inmediato el suelo se llenó de gorriones peleándose por ellas. Le hizo gracia, era bonito verlos revolotear y porfiar por la miga más grande. Dos o tres días después recordó aquello y compró un pequeño pan y lo fue desmigando. Observó a los pajarillos, eran como las personas, los más fuertes comían más, los débiles, temerosos o pequeños, esperaban detrás a que los primeros quedaran satisfechos, para acercarse luego a ver si habían dejado algo. Entonces ella decidió alimentarles por turnos, primero los comilones, luego los demás.

Al cabo de un tiempo el paseo estaba lleno de pajaritos de todas clases que, ya no solo venían a por sus migas de pan, sino que paseaban por él, piando alegremente, volando y saltando cerca de la kiosquera. Eran tantos que la gente, al pasar, se les quedaban mirando porque era una bendición ver a aquellas aves, siempre asustadizas, jugueteando aunque ellos pasaran a su lado.

El kiosko de Matilde estuvo cerrado tres días, nadie sabía por qué, los pajaritos esperaban metidos entre las ramas de los setos, cantando alegremente confiados. El segundo día una señora, que venía de la panadería con su barra en una bolsa, partió el currusco y lo desmigó. Se montó una fiesta de gorriones volando, chillando y empujándose los unos a los otros. Tenían hambre.

Matilde volvió a su trabajo y a cuidar a sus amigos, no contó a nadie por qué había faltado aquellos días, pero sí le contaron que alguien se había ocupado de alimentar a sus pájaros y eso le dio mucha tranquilidad. Una mañana apareció por el parque una pareja, el hacía fotografías, o eso pensó ella hasta que la joven se acercó y empezó a hacerle preguntas. Como ya he dicho a Matilde no le gustaba hablar y menos de sí misma, por eso la charla acabó pronto. Dos días después sus clientes se paraban a comentar que la habían visto en la TV en las noticias locales; todo el mundo hablaba de los pájaros revoloteando cerca del kiosko alegrando el parque.

Murió seis meses después; durante unos días nadie lo supo, el kiosko permaneció cerrado, los pájaros al rededor esperaban pacientemente. Por fin un hombre puso un cartel avisando de la muerte y a renglón seguido, alguien se hizo cargo de alimentar a los amiguitos de La Pajarera.






domingo, 25 de diciembre de 2016

En el centro del corazón







Qué hacía. Era absurdo, una tontería. ¿Desde cuándo quería creer que la Navidad le importaba? Hacía mucho que todo eso le resultaba un fastidio con el que se tropezaba por doquier en cuanto llegaba el mes de diciembre. Sonrisas bonachonas, apretones de manos, el caminar alegre de la gente por la calle, las luces, las tiendas repletas, todo le producía una inquietud que no quería sentir; no le gustaba la melancolía que le iba creciendo en el centro mismo de su corazón.
Pero allí estaba, adornando un árbol de Navidad, angustiado si no lo hacía. Ramas verdes brillando a la luz de las bombillitas de colores, lazos de plata que parecían pájaros con las alas abiertas, bastoncillos de caramelo, corazones de chocolate, duendes y casitas de colores. Retrocedió unos pasos, volvió de nuevo, colocó una estrella y removió la guirnalda de luces para que guardara simetría.

Se sentó en el sofá y encendió un cigarrillo mirando su obra, aspiraba el humo con placer y a la vez su cabeza volaba lejos. Las manos de su madre alisaban el mantel de los días de fiesta para que no hubiera una sola arruga, su hermana colocaba los platos y las copas, él mismo disponía las botellas en la bandeja y daba los últimos toques al árbol de Navidad. Siempre le había gustado ayudar a su madre a ponerlo. Recordó también la angustia de ella mirando el reloj a medida que pasaba el tiempo, su cuerpo envarado cada vez que se sentía el ascensor, el miedo con que miraba a la puerta y si todo iba bien, su sensación de alivio.

Su corazón naufragaba entre la duda, el deseo y el recuerdo, entre lo que quería hacer y lo que se iba a permitir hacer. Apagó las luces del árbol y allí, en medio de la oscuridad y el silencio pensó, una vez más, si deseaba pasar otra Navidad solo. Recordó a su madre, la había dejado sola, había huido como un cobarde, asustado por lo que había estado a punto de hacerle a él. El tiempo no borra nada solo empuja la angustia hacia el fondo y corre una cortina para que no se vea, pero sigue ahí. Encendió otro cigarro y le dio dos caladas rápidas y profundas, volvió a contemplar los adornos navideños y dejó que toda su pena se desbordara en un gemido que no pudo contener.
Se sentó ante el ordenador, se colocó las gafas y dispuso una hoja en blanco:

Querida mamá: Soy yo, el que te dejó sola y huyó para no hacer una locura. No hay un solo día en que no piense en ti, en vosotros. ¿Has colocado ya el árbol en el salón? Me gustaría estar ahí contigo para ayudarte, como siempre. Este año…

Contempló la pantalla durante un momento y luego lo borró todo. Luchó contra el deseo de volver a empezar y contra la frustración de no encontrar las palabras. Luego miró el reloj y salió de casa.

Lucía un sol blanquecino que apenas calentaba aquella mañana de diciembre. Subió el cuello de su chaquetón y se frotó las manos. Cuando llegó al estanco pidió su marca de cigarrillos preferida y mientras esperaba se fijó en aquel artilugio giratorio lleno de postales navideñas anticuadas y emotivas. Le dio varias vueltas, sin pensar cogió una, pidió un sello, puso la dirección y el apellido de sus padres y escribió: Estas fiestas las pasaré con vosotros. Os quiero.


 

Corazón helado









Estaba muy cansado y le dolía el costado, aún sangraba. No paraba de nevar; se tumbó bajo un árbol  se envolvió en una de las pieles y se quedó dormido.  Soñó con Peter persiguiéndole lanzando su cuchillo, luego lo vio tendido en el suelo, muerto. Cuando despertó la sangre se había coagulado. Las pieles le habían salvado la vida. 

Oyó al vapor bajando por el río, echando humo por todas sus chimeneas, la sirena ululaba en el silencio y las aspas golpeaban tercamente las aguas turbias del Mississippi.

Disparó al aire. No quería morir, ahora no.

—Soy trampero—aclaró, apretando la bolsita con el oro que pendía de su cuello — me atacó un oso mientras cazaba. Sí, estaba solo y ya no pude regresar a mi cabaña.




viernes, 2 de diciembre de 2016

Ambrosía


Netwriters Tema: Travesuras






Santi y yo teníamos once años y muchas ganas de divertirnos. Era verano y el mundo nos pertenecía. Subidos entre las ramas de la higuera bebíamos al alimón de aquella botella cuyo líquido blanco sabía tan rico, nuestra alegría iba en aumento, no podíamos parar de reír y de parlotear, era tal el alboroto que mi madre salió al jardín a ver qué pasaba.
Estuve tres días enfermo, devolviendo y aún se me revuelve el estómago cuando veo una botella de anís.



jueves, 10 de noviembre de 2016

El viaje


(Netwriters - Tintero Tema: El manantial)





Nació allí, donde la vista tropieza con las montañas y los cielos azules de primavera, entre árboles frondosos que dan sombra a la tierra y contemplan los jugosos prados. Vivió allí hasta que el mundo se hizo pequeño y no era suficiente para llenar su corazón viajero. Se dejó llevar por la corriente, descendió temeroso hacia lo desconocido y por fin llegó a las llanuras, atravesó pueblos y vio gentes reflejándose en su espejo.

En su primera parada comenzó a entender el mundo y a temer. En aquellas tierras los árboles perdían sus hojas que morían y volvían a reverdecer con las estaciones. Durante un tiempo permaneció en remanso, como esperando algo que no acababa de llegar. Por fin se deshizo la nieve caída en el invierno,llegó entonces la Primavera y por más que quiso sujetarse a la tierra, las aguas turbulentas lo empujaron y entre burbujas y restos de todas clases emprendió de nuevo su camino hasta que llegó a un lugar completamente desconocido para él.

Miró su entorno y sintió miedo. El mundo se había vuelto gris, había montañas de ladrillo que tapaban el sol, las sombras se extendían sobre calles y casas y la gente caminaba deprisa, sin sonreír, ausente. El era límpido, transparente y sencillo pero aquellas aguas turbulentas lo habían transformado en algo turbio, de color incierto, de ritmo pesado. Volvió a sentir miedo, seguramente nunca volvería a ser el mismo. Una mañana, siguiendo perezosamente, su viaje, se perdió en la oscuridad de un túnel. Encerrado en él se sintió indefenso, claustrofóbico. Era un tubo estrecho, negro por el que apenas cabía. Sentía el empuje tras él y aquella sensación de prisa por llegar a alguna parte y siguió avanzando en la oscuridad.

A final de aquella tubería apareció un trozo de cielo azul en la boca redonda iluminada por la luz, al ver que era el sol apresuró el paso. En el exterior vio algo que no había visto nunca: una inmensa masa de agua que parecía no acabar nunca, que se perdía en el horizonte balanceándose serenamente. Apenas pudo admirarse de aquella belleza cuando sintió un delicioso vértigo y cayó en cascada. Todo su vigor, la frescura de su juventud  fueron a fusionarse con aquel líquido de sabor salado. Se agitó mareado, cada una de sus gotas buscó un lugar al que pertenecer. Entonces supo que aquel era el final de su viaje y que había cumplido su destino.





Remendón



Netwriters - Liliput Tema: Lotería




La bombilla sucia de caca de mosca iluminaba la garita. Siguiendo la marca de tiza, Manolo recortaba el cuero para hacer unas suelas nuevas. Ninguno de sus sueños se había cumplido, solo tenía aquel pequeño negocio que le daba para comer. El deseo de volver al pueblo cada vez era más grande porque, aunque la gente era amable, se sentía solo

En la radio daban las noticias, así se enteró que le había tocado la lotería. Repasó los números, no había error. Le temblaba la mano al pasarla por su frente, miró a través de la ventanilla y el portal, hacia la calle: llovía. No sabía qué debía hacer así que, a pesar del vértigo que sentía, siguió trabajando.

jueves, 27 de octubre de 2016

Alma de circo





(LILIPUT QUINCENA LXI-CLOWNS Y AUGUSTOS - 2ª posición)












Camisa de manga corta, pantalones hasta los tobillos, sombrero en mano saludando al público y una gran sonrisa en la boca.
— ¿Es él, papi? —pregunta el niño mirando la estatua
— Sí, es el abuelo, cariño
— ¿Por qué lleva esa ropa y esos zapatones? Está muy gracioso.
— El abuelo y su hermano trabajaban en el circo, se hicieron famosos. Ya te lo he contado. Era ese payaso tonto y desgarbado y mi tío, el clown de cara blanca. Salían a escena y todos se reían. En casa te enseñaré muchas fotografías.


Esa noche el niño se mira al espejo, la pernera del pijama remangada, la cara pintada de blanco y negro, labios rojos y una ciruela también roja en la nariz. El también va a ser payaso.